Cita con el dentista


Llevo seis años sin volver al pueblo donde crecí. Todo se siente distinto, me siento extranjera en mi propia casa. Y desde el momento en que bajé del avión y sentí el aire tibio de Buenos Aires, se me encendió el apetito como nunca. 

Como siempre intento cuidar muy bien mi boca, paso a visitar a mi dentista de toda la vida, Francisco. Ese señor cuarentón de voz suave y manos fuertes que jugaba a tironearme del pelo cuando era pequeña. 

Abrió la puerta del consultorio y se le desorbitaron los ojos. "Cómo creciste, nena" - me dijo mientras me daba un abrazo demasiado apretado. Aspiré aquel perfume que llevaba guardado en mis recuerdos de adolescente, y me sentí de nuevo esa niña traviesa y consentida. 

"Recostate que te miro esa boquita" - me dijo, socarrón, y decidí que finalmente había llegado el momento de jugar su juego. Bajé la mirada y asentí, obediente. Me acomodé en la camilla y lo miré divertida. 

Procedió con la limpieza y me empeñé en rozarle los dedos con los labios cada tanto, como por accidente. Algún lenguetazo aquí o allá, incluso un par de suaves mordidas. Con una de estas fui demasiado lejos y me gané un bofetazo, suave pero firme. "Portate bien Nina, que si no vas a ver", me dijo. Redoblé la apuesta y contesté: "me porto bien si me das un Chupa Chups al final". 

"Qué te tiene tan estresada allá en Europa?" - me preguntó. "Andás apretando los dientes, o mordiendo muy fuerte alguna cosa". Le respondí con una mueca de inocente que lo encendió del todo, noté como se acomodaba el pantalón. "Te voy a hacer unos masajitos para relajar, querés?" Asentí sonriendo. "Sacate un poco de ropa y acostate boca abajo".

Me saqué el sweater y lo miré como preguntando. "Quedate sólo con la ropa interior" - dijo mientras cerraba las cortinas. Me desvestí lentamente, como si no notara que me devoraba con los ojos, y me recosté. 

Me acarició la espalda rozándome apenas con la punta de los dedos. Respiré profundo y me dejé llevar. Estaba disfrutando de todas las reglas que rompíamos en ese momento. Me tomó fuerte por el cabello y comenzó a masajearme el cuello, relajando tensiones que yo nunca había notado antes. Me dijo al oído que iba a ponerme aceite para tocarme mejor. Yo sólo lo dejé hacer, incluso cuando me desabrochó el sostén para bajar por toda mi espalda. 

Se colocó frente a mí y me masajeó los hombros con fuerza, rozando mi cara con su verga bien erecta a través del pantalón. Yo enloquecía de deseo y me removía en la camilla. "Quieta, Nina" - me dijo asestándome una nalgada con su mano aceitada -  "todavía falta mucho". 

Prosiguió masajeando mis piernas y luego mis pies mientras yo gemía de placer y de hambre. No sabía cuánto más podía soportar sin mamar esa verga que se tenía aún guardada. 

Cuando sus manos llegaron a mis nalgas todo fue para peor. Mi cuerpo reaccionaba por instinto, mi espalda se arqueaba para ponerle el culo bien entregadito, me volvía loca cómo me manoseaba cada centímetro. Abrí un poco las piernas buscando que me tocara aún más. Con un dedo, agarró mi tanga y la recorrió de arriba hacia abajo, separándola de mi cuerpo y notando lo mojada que estaba. 

Me dio una única lamida que recorrió mi vagina y culo. Me estremecí y me mojé mucho más. 

"Vestite, tengo otra paciente" - dijo, y se me cayó el alma a los pies. "Esta noche arreglamos cuentas. En mi casa a las nueve. Con la misma tanga, y no quiero que te toques." 

No hay nada que me vuelva más feroz que una calentura no resuelta. Pero su tono era tan autoritario que obedecí. 


Llegué a la hora acordada con poco más que un vestido y la tanga requerida, no tenía intenciones de demorar mucho, estaba inquieta y ansiosa por que me llenara de verga finalmente. 

Me recibió en la cocina con bastante sequedad. "Trae esa botella y dos copas, sacate todo menos la tanguita y vení al sillón. Esta noche quiero que me llames papi, me entendiste?".

Entendiendo el tono de la escena, comprendí que esta noche las órdenes las daba él. Pero la escena que encontré me dejó aturdida. 

No estaba solo. A su lado, en el sillón, había un desconocido. "Vení nena, quiero presentarte a tu tío. Dale un besito, vamos. Y servinos vino." El hombre me miraba las tetas embelesado. Intencambió con Francisco una mueca de satisfacción y camaradería, y me ordenó dar una vuelta para mirarme bien. 

Me agaché sobre la mesa ratona para servir el vino, confundida y algo asustada. Francisco me dio una nalgada que casi me tumba y tomo su copa para brindar con el tío. 

"Vení mi amor" - me dijo palmeándose un muslo para invitarme a sentarme en sus rodillas. Obedecí lentamente y me tomó fuerte del cabello. "Tenías tantas ganas de verga que te traje dos."

Me dejé manosear las tetas pensando en la escena de la tarde, intentando volver a la excitación que tenía. Me encontré sonriendo con media boca, y Francisco aprovechó ese gesto para apoyarme la verga bien dura contra el culo. 

Ya estaba hecho. La piel se me erizó y lancé un pequeño gemido de placer. Estaba decidida a ser la nena de mi papi y dejarme hacer lo que él y el tío quisieran. 

Tomándome del pelo, Francisco me acomodó a cuatro patas sobre el sillón. Sacó la verga del pantalón y la boca se me hizo agua. Bien gruesa, venosa, húmeda. Le pregunté con la mirada si podía empezar a mamar y me la dio en la boca de a poquito. Empecé a lamer la puntita, despacio, mirándolo a los ojos para comprobar que le gustara. Mientras tanto, mi culito entangado se movía en las manos del tío, que lo acariciaba como si no hubiera visto uno así en su vida. 

Poco a poco Francisco me fue dejando mamar más y más profundo. Sentía cuatro manos sobre mi cuerpo y comenzaba a mojarme como una perra en celo. Despacio, entre los dos, me despojaron de mi tanga y comenzaron a masajearme con el mismo aceite que ya conocía bien. Ese perfume me puso a mil. Chupé bien hasta el fondo, atragantándome de verga. 

"Querés que te aceite la cola, putita?" - preguntó el tío. Mis ojos pedían por favor que sí. Francisco me abrió las nalgas y  dejó que el tío me introdujera un dedo grueso bien hasta el fondo. Gemí de placer con la verga en la boca. Sólo quería más y más. 

El tío alternaba dedos, penetrando culo y vagina, luego los dos a la vez. Francisco me empujaba la cabeza para hacerme mamar más profundo, hasta cortarme la respiración. "Le vas a agradecer al tío que te preparó el culito, Nina?" - dijo mientras me tomaba otra vez por el pelo y me sentaba sobre su verga, penetrándome de golpe. "Sí, papi" - logré musitar entre gemidos. 

El tío se puso de pie frente a mí y me restregó la verga por la cara. Era aún más grande que le de Francisco, de esas que meten un poco de miedo. Mi papi me cogía sentadita y me tenía las muñecas hacia atrás. "Metete la verga del tío entera en la boquita, o vas a ver" - me advirtió con tono amenazante. 

Abrí la boca tanto como pude y me deje embestir por esa bestia que me agarraba del cuello para metérmela más hasta el fondo. No pude aguantar las arcadas, no lograba chupar hasta el fondo como me habían ordenado. Francisco me repetía que debía comérmela toda, toda, mientras me pellizcaba los pezones con fuerza. Yo lo intentaba con todas mis fuerzas, la recorría con la lengua por arriba y por abajo, lamía bien la puntita para poder respirar, y volvía a tragármela, la sentía raspándome la garganta. Pero dejé algunos centímetros sin mamar y, por mucho que pedí perdón, decidieron castigarme. 

Me pusieron a cuatro patas sobre la mesa ratona y se turnaron para darme unas nalgadas que no me olvidaré jamás. No sé quién de los dos tenía las manos más grandes o los brazos más fuertes. 

Luego, los dos frente a mí, me hicieron mamar ambas vergas a la vez. Eso sí que era misión imposible, pero intenté portarme bien y complacerlos a ambos. Les lamí bien la verga, los huevos y más allá. Se restregaban contra mí dándome bofetadas y alguna nalgada más sobre mi culito enrojecido. 

Francisco me dejó chupando la verga del tío y me abrió con fuerza las nalgas. "Ahora vas a ver como papi te abre el culo, Nina". Me penetró con firmeza, entre la saliva y el aceite, haciéndome gritar de placer. Mamaba y movía el culo como endemoniada, finalmente me estaban dando la zamarreada que tanta falta me hacía. 

El tío me sacó la verga de la boca y fue a turnarse con Francisco para culearme uno a la vez. La primera penetración me lo abrió aún más, nunca me habían metido una así. Me tenían uno por la cintura y el otro por los pelos, ya no lograba distinguir de quién era la mano que me metía un dedo en la vagina empapada y de quién la que me retorcía los pezones. 

De a poco sus vergas se fueron acercando, se intercambiaban mi agujero cada vez más seguido y podía sentir las dos a punto de penetrarme. "Respirá profundo, nena" - me dijo el tío, y no me dio tiempo a obedecer que sentí que el culo se me abría en dos con sus vergas adentro. Grité de dolor y me penetraron más fuerte.  "Así nena, ves que te entran las dos, seguí moviendo ese culito" - me dijo Francisco, extasiado. Me tenían fuerte por las caderas y me escupían para hacerlas entrar mejor. Yo se los movía como podía, sentía las dos vergas calientes que me latían dentro, así que apreté un poco para darles más placer. 

El tío acabó primero, sentí la lecheada entrándome hasta el fondo y luego chorreándome por las piernas. Francisco se estremeció tanto con ese calor que acabó también. Me dejaron las dos vergas adentro hasta el final, sacudiéndose las últimas gotas. 

Cuando me dieron permiso, me incorporé con esfuerzo. El culo me ardía y seguía chorreando leche. 

"Te portaste bien Nina" - me felicitó papi. "Arrodillate que te doy dos Chupa Chups".

Les lamí la verga a los dos hasta dejarlas brillantes de limpias. Recogían con los dedos la leche que me goteaba por las piernas y me la daban para lamer. Cuando dejé todo impecable, les serví más vino y me acurruqué en medio de ellos, esperando que pronto se les antojara algo más. 




Espero te hayas calentado tanto como yo. Escribime en comentarios qué hiciste mientras me leías.


Besos mojados!









Comentarios