Cita con el dentista
Llevo seis años sin volver al pueblo donde crecí. Todo se siente distinto, me siento extranjera en mi propia casa. Y desde el momento en que bajé del avión y sentí el aire tibio de Buenos Aires, se me encendió el apetito como nunca. Como siempre intento cuidar muy bien mi boca, paso a visitar a mi dentista de toda la vida, Francisco. Ese señor cuarentón de voz suave y manos fuertes que jugaba a tironearme del pelo cuando era pequeña. Abrió la puerta del consultorio y se le desorbitaron los ojos. "Cómo creciste, nena" - me dijo mientras me daba un abrazo demasiado apretado. Aspiré aquel perfume que llevaba guardado en mis recuerdos de adolescente, y me sentí de nuevo esa niña traviesa y consentida. "Recostate que te miro esa boquita" - me dijo, socarrón, y decidí que finalmente había llegado el momento de jugar su juego. Bajé la mirada y asentí, obediente. Me acomodé en la camilla y lo miré divertida. Procedió con la limpieza y me empeñé en rozarle los dedos con ...